Es la luz que transforma, que deslumbra, que se hace caricia en el dolor la que guía el pensamiento del Papa en el Ángelus que él preparó, en este segundo domingo de Cuaresma
Es la luz de la Transfiguración de Jesús que hace visible una de las verdades más grandes a los discípulos que le siguen en el monte: «detrás de los gestos -destaca Francisco- que Él realiza en medio de ellos», está «la luz de su amor infinito».
Un amor que el Papa siente «mientras afronto -escribe- un tiempo de prueba, y me uno a tantos hermanos y hermanas enfermos: frágiles, en este momento, como yo

Nuestro físico es débil pero, aun así, nada puede impedirnos amar, rezar, donarnos, ser los unos para los otros en la fe, signos luminosos de esperanza
Y Francisco agradece a quienes le asisten «con tanta dedicación», siente cerca de él a un pueblo que reza incesantemente por su salud; desde los más pequeños hasta los mayores.
Sé que muchos niños rezan por mí; algunos de ellos han venido aquí al Gemelli como signo de cercanía. ¡Gracias, queridos niños! El Papa los ama y espera siempre encontrarlos

También desde el Hospital Gemelli lleva en el corazón a los países «heridos por la guerra: la martirizada Ucrania, Palestina, Israel, Líbano, Myanmar, Sudán, la República Democrática del Congo»
«Que la Virgen María -concluye el Papa- nos proteja y nos ayude a ser, como Ella, portadores de la luz y de la paz de Cristo».
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