Juárez, Coahuila.- El 6 de marzo no es una fecha cualquiera para quienes vigilan las aguas de la presa Don Martín. Ese día, hace quince años, nació un esfuerzo ciudadano que transformó la tragedia en compromiso: un grupo de rescate que hoy se ha convertido en la esperanza de pescadores, visitantes y familias que llegan a disfrutar de este espejo de agua.
La historia comenzó en 2011, cuando un accidente dejó a tres personas a la deriva. Aunque portaban chalecos salvavidas y resistieron toda la noche, la ayuda nunca llegó. La hipotermia les arrebató la vida. “Lo más lamentable fue que murieron porque no hubo quien les prestara ayuda”, recuerda el licenciado Héctor Aguirre Dávila, fundador del proyecto junto con su hermano, el doctor Sergio Aguirre.
Un vacío institucional
La tragedia evidenció un problema: dentro de la presa nadie tenía responsabilidad clara. Entre competencias federales, estatales y municipales, la vigilancia quedaba en tierra de nadie. Fue entonces cuando los hermanos Aguirre decidieron actuar. Sin recursos ni experiencia, comenzaron a organizarse con lo que tenían.
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El primer apoyo llegó de la empresa AVOMEX Internacional, que les donó un radio y una antena. Después, el municipio de Juárez les facilitó una caseta que hoy funciona como museo. Pero faltaba lo esencial: una lancha.
El pescador que nunca dijo no
En esos primeros días, cada vez que había una emergencia, el grupo recurría a la ayuda de Héctor Hernández “El Róbalo”, un pescador comercial que prestaba su embarcación sin pedir nada a cambio. Su nombre sigue siendo parte fundamental de esta historia.



Crecimiento y confianza
Con el tiempo, la iniciativa improvisada se convirtió en un proyecto sólido. La confianza de la comunidad fue clave: algunos apoyan con rifas, otros con combustible o equipo. Los municipios de Juárez y Progreso también se sumaron, cubriendo parte de los gastos de operación.
Hoy el grupo cuenta con tres trabajadores de planta que vigilan la presa todos los días, de 8 de la mañana a 8 de la noche, sin excepción. “Precisamente en días festivos es cuando más gente llega y más se necesita estar atentos”, explican.
Entre la calma y la emergencia
El trabajo es impredecible. Hay semanas tranquilas y otras con múltiples rescates en un solo día. “Nos ha tocado entrar cuatro veces al agua en un mismo día”, relatan. En Semana Santa, el reto se multiplica: cientos de visitantes llegan con vehículos recreativos y motos acuáticas, aumentando los riesgos. Por eso, el grupo insiste en la vigilancia de los padres hacia sus hijos y en la precaución de quienes disfrutan del lugar.
Quince años después
Hoy cuentan con una camioneta, una lancha equipada y personal capacitado. Pero el espíritu sigue siendo el mismo: evitar que alguien muera esperando ayuda. “Lo que nos queda es levantar la cabeza y seguir adelante mientras Dios nos dé licencia”, afirma Aguirre.

Mientras la mayoría llega a la presa para descansar, este pequeño equipo observa el horizonte, revisa radios y motores, listo para responder. Quince años después de aquella noche fría, el grupo ciudadano mantiene viva la promesa que nació del dolor: que nadie más tenga que esperar en silencio sobre el agua.
