El Papa León XIV: las guerras son fruto de la idolatría

En la parte trasera de las camisetas de algunos fieles en el Estadio Louis II de Mónaco, donde el Papa León XIV preside la misa de clausura de su viaje apostólico al Principado, está impresa la inscripción Daghe Munegu.

En la lengua local: «¡Ánimo, Mónaco!». Una exhortación para el equipo de fútbol monegasco, a menudo acompañada del lema del propio Principado: Deo Juvante, «Con la ayuda de Dios».

Quizás sea precisamente a través de este deseo como se pueden seguir buscando resquicios de luz, lejanos, sí, pero siempre superiores a las que el Pontífice define como las «visiones cortas» de quienes ensangrientan el presente y se «atiborran» de ídolos, de «pequeñas ideas», de «un poder que se ha convertido en dominio», de una riqueza «que degrada en codicia», de una belleza «maquillada en vanidad»

El cambio al horario de verano tendrá lugar esta noche, pero la tarde monegasca regala, hasta el final de la celebración, destellos de sol que se reflejan en las banderitas blancas y amarillas, los colores del Vaticano, y en las rojas y blancas, los del Principado. Iluminadoras, por crueles que sean, son las palabras del Evangelio proclamadas durante la celebración. La condena a muerte de Jesús es una «voluntad precisa y meditada». Nace de «un cálculo político» basado en un miedo absurdo, pero con una lógica inquietante desde la perspectiva del apego al poder: ver «una amenaza» en aquel que transforma «el dolor del pueblo en alegría», afirma León XIV en su homilía, en francés

“Somos así testigos de dos movimientos opuestos: por un lado, la revelación de Dios, que muestra su rostro como Señor todopoderoso y salvador; por otro, la actuación oculta de autoridades poderosas, dispuestas a matar sin escrúpulos. ¿No es eso lo que ocurre hoy? En su punto de encuentro se encuentra el signo de Jesús: dar la vida”

Dar y devolver la existencia, como ocurrió con Lázaro, ante cuya tumba se conmovió el Señor. Él, «que vino al mundo para liberarnos de la condena de la muerte, es condenado a muerte». El Papa reconoce, pues, la distorsión en las acciones de los jefes religiosos y los doctores de la Ley, que llegan a violar la más elemental de las prescripciones: «no matarás».

“Así como al principio de los tiempos Dios dio vida al ser de la nada, así, en la plenitud de los tiempos, rescata toda vida de la muerte, que arruina la Creación”

Las palabras de la homilía resuenan en un silencio inusual para un recinto deportivo que, más allá del fútbol, ha sido testigo de hazañas récord: desde Usain Bolt hasta la saltadora de pértiga Elena Isinbayeva. Frases y expresiones que cuestionan «la insistencia del mal» de hoy, los «sepulcros de los que Dios siempre nos rescata», ofreciendo nuevas perspectivas: el poder transformado en servicio, según la forma de entenderlo de Jesús, que da un nombre preciso a su omnipotencia: «Misericordia».

“Es la misericordia la que salva al mundo: cuida de cada existencia humana, desde que florece en el seno materno hasta que se marchita, y en toda su fragilidad. Como nos ha enseñado el Papa Francisco, la cultura de la misericordia rechaza la cultura del descarte”

El Papa se detiene luego en el concepto de «liberación», principio de la obra divina, tal y como se afirma en la primera lectura del profeta Ezequiel. Un itinerario «de conversión», como el de la Cuaresma, y «envolvente», no privado. Este presupone el distanciamiento de todo aquello que «esclaviza el corazón», lo compra y lo corrompe. Del ídolo, en su raíz etimológica de «pequeña idea», es decir, una «visión reducida, que empequeñece no solo la gloria del Todopoderoso, transformándolo en un objeto, sino también la mente del hombre».

“Los idólatras son, por tanto, personas de miras estrechas: miran lo que cautiva sus ojos, nublándolos. Y así, precisamente las cosas grandes y buenas de esta tierra se convierten en ídolos, transformándose en formas de esclavitud no para quien carece de ellas, sino para quien se atiborra de ellas, dejando al prójimo en la miseria y la tristeza. La liberación de los ídolos es, pues, liberación de un poder que se ha convertido en dominio, de la riqueza que degrada en codicia, de la belleza disfrazada de vanidad”

León XIV concluye confiando en la Iglesia monegasca, representada por los 15.000 presentes en el Louis II —casi la mitad de toda la población del Principado—, para que dé testimonio de felicidad y paz a través de la fe, «manifestando la alegría auténtica, que no se gana por una apuesta, sino que se comparte con la caridad».

Al término de la celebración, monseñor David toma la palabra para agradecer al Papa su aliento para afrontar «sin miedo» los retos del presente. Antes de abandonar el estadio, el Pontífice se detiene a conversar con algunas personas asistidas por asociaciones eclesiásticas y laicas. Luego cae la noche sobre Mónaco y sobre el viaje de León XIV. El Louis II es un estadio que ha visto a grandes capitanes levantar trofeos europeos y ha acogido extraordinarias hazañas deportivas; aquí también resonaron las notas de los Eagles, invitados de honor en la boda de Alberto y Charlène. Hoy ha acogido una misa y al Papa. Y la diferencia, en la forma en que la multitud ha llenado las gradas, en el entusiasmo que ha acompañado sus palabras, realmente no se ha notado

NRT MÉXICO COBERTURA TOTAL 360*

NOTAS RELACIONADAS

LO MÁS RELEVANTE